Hay tantas noticias malas que ya uno pierde la sensibilidad. Supongo que será un mecanismo de defensa como cualquier otro, si no estaríamos rasgándonos las vestiduras cada tres minutos; más con la vertiente abiertamente sensacionalista por la que se han orientado el 90% de los medios. Pero algunas de esas noticias, rompen esa "corteza", más frágil de lo que pensamos. Y no por que no las haya peores, que desgraciadamente siempre las hay.
Ayer escuché la confirmación de un desenlace que lamentablemente se veía venir: fallecía el chiquillo al que se le cayó un banquillo encima durante un partido de chavales. Por edad, por actividad, por el sitio; por muchas cosas lo sentí cercano. No pude evitar que se me encogieran las tripas.
Camino al curro de la mañana del lunes, iba jodido. Jodido por tonterías, que sí el golpe con la bici, algún rollo familiar recurrente, mosqueo del día anterior con mi hijo, que se adentra rápidamente en el terreno contestario y perrete. Con el cuerpo como lo tiene uno un domingo a las 7 de la mañana. Y oí la noticia. Y el comentario de un periodista. Uno que siempre me ha parecido muy capacitado, a pesar del endiosamiento que sufre cualquiera que aguante con éxito unos años con un micrófono a modo de púlpito.
Pero el muy cabrón... a veces sabe llegar. Describía un sábado de fútbol matinal infantil. Los gestos de los chicos, cuando se aburren en el banquillo y empiezan a dar rienda suelta a sus energías: corretear, trepar... Joder, parecía que me hablaba a mí; al padre de mediana edad que tiene la suerte de que a su vuelta a casa, se encontrará a su hijo. Y que podrá seguir disfrutándolo. Por muchos años.
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